Éxtasis: Una droga media, pero no una “media droga”

Reproducimos a continuación, una columna de análisis publicada por el Lic. Joaquín Zajac, integrante del Observatorio  y coautor del artículo “Éxtasis:una droga media” en el libro “Están hablando de drogas. Aproximaciones sociológicas a las formas de consumo”.  En ella se destacan el la estigmatización y autoestigmatización de los jóvenes y la cultura juvenil, el abandono del Estado y la obsolescencia de las políticas de persecución penal del consumo de drogas así como su necesidad de reemplazarlas por políticas de promoción de la salud y el uso responsable.

Éxtasis: una “droga media”, pero no una “media droga”

 

Las cinco muertes de la fiesta Time Warp el fin de semana pasado, no atraen la obsesiva atracción de los medios de comunicación masiva y de los funcionarios del Estado nacional por casualidad. Sin dudas, generan una incomodidad si no predecible, al menos comprensible: vienen a romper de manera transitoria con el espejismo social de la droga como un “flagelo” que golpea mayormente a la pobreza, como un problema de los “otros” que viven en los barrios vulnerables de la Ciudad. Mirada que no solo es propia de los medios de comunicación, sino que es además muy común entre los usuarios mismos.

En el capítulo “Extasis: una droga media” del libro Están hablando de drogas. Aproximaciones sociológicas a las formas de consumo” (elaborado de manera colectiva entre estudiantes, graduados y docentes de la Universidad de Buenos Aires), se problematiza la manera en que los usuarios de éxtasis de clase media y alta, justifican el consumo de sustancias ilegales negando la mirada condenatoria que pesa sobre ellos.

Lo hacen a través de un artilugio bastante peculiar: afirmar que no son ellos los verdaderos “drogones” o “adictos”, ni ningún otro de los estigmas con los que la “gente bien” podría eventualmente identificarlos. El consumo es señalado como racional, a partir de un saber sobre las pastillas y sus efectos, y meramente “recreativo”, limitado al tiempo de descanso (fines de semana o vacaciones) y a la juventud.

Los auténticos drogadictos/fisuras/barrilete son “los otros”, es decir, los que visten con ropa deportiva, los que toman drogas verdaderamente adictivas como cocaína o paco, los internados o detenidos por sus conductas, en definitiva, aquellos y aquellas que se drogan de forma “anormal” y “descontrolada”, a diferencia de ellos mismos, que tienen responsabilidades como trabajo y estudio.

Atravesados por esta mirada clasista de su propia práctica, y siempre en busca de la diferenciación, los usuarios de drogas de clase media y alta van generando prácticas que producen a su vez diferentes segmentos de mercado desde los más “exclusivos” (fiestas privadas en quintas y countries de los suburbios ricos, en terrazas de edificios de alto valor, etc.), pasando por las fiestas masivas comerciales, algunas mejor ponderadas que otras (conocido es el caso de la Creamsfields, que desde que se realiza año a año en el Autódromo de Buenos Aires, es acusada de haber “dejado entrar a los barriletes” al “ambiente”), hasta los boliches y “after” de peor fama.

En todos estos espacios por igual, circulan distintos tipos de drogas y, regularmente, se llevan a cabo prácticas de consumo que pueden poner en riesgo la salud y la vida.

Cuando esta mirada estigmatizadora que intenta ocultar o disimular el uso de drogas de una clase y sobreexponer el de las otras se vuelve al menos transitoriamente ineficaz, aparece otra para tomar el relevo: el “fetichismo” de la sustancia/droga en sí, como si estas fueran por si solas (más allá de lo que le sucede a cada persona que consume y del contexto social que rodea a cada cual), una calamidad que nos invade desde afuera.

Para esta perspectiva, el uso de sustancias ilegales es el principal factor que explica, por ejemplo, que los jóvenes pobres, buenos y dóciles, se conviertan en delincuentes dispuestos a matar para poder satisfacer su adicción, o que los de las clases medias y altas “pierdan el control” y pongan en riesgo su vida, o abandonen sus responsabilidades. Es necesario superar esta perspectiva reduccionista que han levantado los medios masivos en su cobertura de los últimos días, e intervenir en el debate volviendo a plantear cuestiones que parecieron tener su momento de auge en el pasado reciente y que luego fueron archivadas.

En primer lugar, hay que abolir de manera urgente la persecución penal del consumo personal de drogas. Más de dos décadas de fracaso absoluto de dicha política criminal, ya llevaron en el año 2009 a la Corte Suprema a declarar su inconstitucionalidad, argumentando que dicha persecución no sola viola principios constitucionales fundamentales (toda acción privada que no ofenda directamente a terceros no puede ser perseguida penalmente), sino que es además probadamente ineficaz y contraproducente.

Hoy se vive una suerte de limbo jurídico: la ley subsiste, la policía actúa, pero luego las causas se acumulan de a miles en los archivos de los tribunales, ocasionándole al Estado un enorme gasto. Opera, además, una selectividad muy evidente en cuanto a quienes son encausados y hasta encarcelados por esta problemática.

Mientras en los barrios cerrados de los suburbios ricos, los cuadros altos de las organizaciones narco viven a sus anchas y en los barrios porteños de clase media la marihuana crece apaciblemente en las terrazas y balcones, los barrios vulnerables son invadidos por centenares de policías y gendarmes con la excusa de combatir el narcotráfico. Es necesario enterrar esta nefasta política penal y direccionar los cuantiosos recursos económicos invertidos en ella en políticas de inclusión social, en programas educativos para sensibilizar sobre el uso problemático de drogas, en campañas de salud y salud mental enfocadas en la “reducción de daños”, etc.

Asimismo hay que plantear también la necesidad de que el Estado comience a regular este tipo de eventos masivos, sobre todo impidiendo la comisión de graves delitos por parte de los organizadores o dueños de los establecimientos contra la integridad física de los asistentes, como el corte de suministro de agua potable en los baños y la participación directa e indirecta en la venta de drogas.

En segundo lugar, erradicar la penalización es necesaria para permitir que el uso de drogas sea tratado no como una suerte de enfermedad que produce conductas incontrolables, si no como un conjunto de decisiones personales, que implican entablar relaciones sociales, adquirir ciertos saberes y también participar de un goce, una dimensión del placer que no puede seguir siendo negada o censurada.

En este sentido, se debe distinguir entre consumo simple, uso problemático y adicción, ya que dar el mismo trato a todos los usuarios es un error de concepto que clausura canales de diálogo, ya sea con aquellos para quienes consumir drogas forma parte de su vida cotidiana pero desconocen riesgos y posibles prácticas de cuidado, hasta quien necesita ayuda y no la pide por miedo a ser estigmatizado, juzgado o encerrado.

Por último, quien pretenda dar un debate ético sobre el uso personal de drogas debe estar genuinamente dispuesto a dar uno más amplio. El público de todos los sectores sociales, lee horrorizado los titulares de los diarios y los zócalos sensacionalistas de los noticieros acerca de la muerte de estos jóvenes, pero luego sin ningún tipo de resquemor, consume medicinas sin prescripción que vio en alguna publicidad televisiva, fuma tabaco, bebe alcohol o ingiere psicofármacos sin receta.

Una política de sensibilización adecuada debe incluir en el debate sobre el uso de drogas el lugar central del consumo en la vida social de nuestra época, o está condenada a repetir la paradoja de los famosos spots noventistas de Fleco y el doctor Miroli: ofrecer a la problemática una respuesta que no solo no aporta a la solución de la misma, sino que a través del reforzamiento de estereotipos y miradas reduccionistas, contribuye a perpetuarla en el tiempo.

Fuente: Notas de Periodismo Popular

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